
Iceland
Ventisca de nieve, dolor de frío en la piel,
conduzco un coche que aún no es mío,
automatismo de supervivencia: lo que hay que hacer.
La ciudad nevada duerme,
códigos numéricos facilitan la impersonalización,
luz blanca y calor interior.
Caballos islandeses inmunes al frío,
agreste es la palabra elegida.
Granjas reconvertidas en alojamientos turísticos
vertebran el territorio
y mantienen algunos animales domésticos.
Sagas, epopeyas, un jinete que atraviesa Gullfoss
para unir dos familias de pastores míticas:
se vieron desde ambas orillas de la catarata
y la falla natural nada pudo contra el deseo sexual.
Los pingüinos inexistentes
rivalizan en ocultación con las auroras boreales
entre cielos cubiertos y costas azotadas por el viento.
La ventisca de nieve es efímera y periódica,
también el viento que abre puertas y desata locura.
Los cazadores de reflejos magnéticos
recorrieron decenas de kilómetros en busca de estrellas;
les sonrió la suerte cósmica, verde, improbable y magnífica.
Fue a causa de la perseverancia y la tenacidad.
La aventura es opuesta a la tecnología,
libera sustancias mentales impagables
pese a los inconvenientes físicos.
Sueño con una nieve en polvo volandera
que se desprende de las ruedas de invierno
y aterriza aleatoriamente en el centro auditivo.
Los días de magnificencia natural terminan,
vuelve la rutina laboral y placentera
de máxima exigencia mental.
