Shostakóvich, Sinfonía nº5
La orquesta dividida en grupos
baila al son de sus instrumentos,
cuerdas que crean una melodía
a la que responden los metales viriles:
una conversación instrumental a tres bandas,
contrastes e introducciones solistas,
ora un fagot, ora cuatro trompas,
pizzicatos de violín sostienen la tensión.
Lentitud, cúlmenes de plenitud,
las trompetas protagonistas
o el trombón solista contrapunto
de la velocidad que adquiere el conjunto.
Música para animar a las masas
o para deleitar a un público entregado;
la potencia del conjunto orquestal
mueve a la sonrisa y a la alegría
despierta las mentes cerradas a la música
contemporánea, abre el espíritu
lo eleva a la bóveda de la inmortalidad.
El arpa delicada se asoma a la vorágine
de fuerza instrumental conjunta,
un gong, timbales, la gravedad de los contrabajos,
transporta a un teatro musical,
hace soltar la tensión contenida y concentrada
despeja las nubes mentales de quien lo escucha.
Color y fuerza en la dirección,
el vals de los arcos acompasados,
de los hombros delicados de los músicos,
tensa concentración en la partitura,
la voz de mi hijo que susurra
las diferentes claves de cada instrumento,
y el estallido final de fuegos artificiales
de fiesta para los sentidos,
de gozo infinito y liberación total.
