Poema 458: La línea del tiempo

La línea del tiempo

La línea del tiempo es singular,

me lleva y me trae, entre olvidos

ocupaciones y preocupaciones varias,

mi infancia y adolescencia parecen estar

a un tiro de piedra del recuerdo,

recuperables siempre,

así como las personas queridas que murieron.

La inercia se encarga del resto:

estoy y participo y disfruto el instante,

sin fijar los momentos, llenos de fotografías

e incluso de algún poema también inercial.

El móvil me absorbe el cuarenta por cien de todo,

pegado a mí participa en debates, recuerdos,

menciones, imágenes, citas y referencias.

Ocupamos el mismo espacio que ocupábamos:

¿Durante cuánto tiempo?

¿Qué reminiscencias leves quedarán tras de mí?

La calle y la noche son ahora de otros jóvenes,

también la alegría desbocada sin horizonte,

el desconocimiento de la fugacidad,

la huida hacia adelante renovada por generaciones.

El tiempo jibarizado en una exposición aleatoria,

recortes de hitos y recuerdos macabros,

la forma de sostener una comunidad inconexa.

En mi recuerdo se producen pliegues extraños,

atajos a momentos vitales estelares

insignificantes en el cómputo global comunitario.

Las líneas siguen un relato simplificado,

más allá de la losa de tristeza que duró un instante

una emoción y unas palabras íntimas y profundas,

la conexión y el llamamiento comunitario

a un pensamiento conjunto de misticismo y elevación.

El tiempo es un espacio topológico que puedo deformar

una goma maleable, deformable, plegable,

pero finita e irrompible, y finalmente inexorable.