Vuelta a la vida
Tras la medianoche, las figuras del Nacimiento se estiran,
los soldados romanos del castillo que giran sin parar
se acuclillan para desentumecer las rodillas,
todos tienen sed.
En la cueva, el buey y la mula se levantan
como si fueran recién nacidos, inseguros
agotados de tantas miradas humanas,
hace frío y necesitan su dosis diaria de grano y paja.
El niño no para de llorar, María abre su seno
para darle la teta al recién nacido,
José no sabe dónde mirar y turbado
se apresta a renovar la paja del pesebre.
El caganet puede al fin abandonar su postura
tan deshonrosa, se sube los pantalones con calma
y mira alrededor para ver si alguien le ha visto;
aliviado regresa al calor de la hoguera hogareña.
La panadera reparte sus deliciosos panecillos,
el herrero observa sus bíceps tras el golpeteo continuo,
las mujeres se reúnen en la taberna para empoderarse,
es el sino de los tiempos en este paisaje idílico.
La diseñadora del belén ha conseguido colocar
a dos mujeres soldado en la puerta de la fortaleza;
dudó también si sustituir al Mesías por una hermosa niña,
no vaciló sin embargo con las Reinas Magas de Oriente.
En la cara oculta del escenario, en las casas del fondo,
en los arrabales y detrás de las montañas,
hay escenas no aptas para menores:
bacanales, orgías y afters son solo ínfimos ejemplos.
Una pareja de romanos se afana en un contrafuerte,
dos mujeres okupas se comen a besos en una buhardilla,
hay una ceremonia de fertilidad en una gruta escondida,
la suma sacerdotisa entra en trance antes del acoplamiento.
Nada es lo que parece, la humanidad ocupa todo el espacio,
quizás nadie aprecia la actualización narrativa,
o la escena escondida al final de la calle,
todo está permitido en este escenario idealizado por ella.
