Poema 249: ¿Qué sostiene el día?

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La niebla potente de estos días de enero,

Pingüinos, motos, velocidad y sonido

propagado en ondas ilusorias,

un estilo de vida más salvaje,

el recuerdo en segundo plano de los ancestros.

 

Algunos mantienen que es la belleza,

otros que la inercia vital teñida de cobardía,

pocos se animan a opinar sobre el compromiso

de un proyecto vital holístico determinado.

 

El día es un cúmulo enorme de pensamientos

y obligaciones adquiridas por mor del antes y después,

nada es simple, ni tan solo bello u oscuro:

la tarea más desagradable puede cruzarse

con la luz nítida del placer o el sonido concertado.

 

¿Existe quizás una corriente que nos transporta?

Esa sensación de cada día que te arrastra:

estoy muy ocupado” dices y de ahí no puedes salir,

esos compromisos convenidos con un ente superior

que imposibilitan tu alegría orgánica y natural.

 

Y tras todas las obligaciones de fondo,

existe, tal vez, una estructura tejida de afectos,

de odios, de disimulo o de comodidad hogareña,

un orden personal e intransferible,

el comodín que solo tú conoces y que te hace fuerte.

 

¿O tal vez tu cerebro crea un trampantojo vital,

difumina todas tus preguntas incómodas,

las desvía a regiones ignotas de tu entramado neuronal,

y potencia las minucias urgentes e innecesarias,

las satisfacciones a corto plazo tan ineludibles?

 

A veces es un poema o un verso suelto,

otras es el arte en cualquiera de sus manifestaciones,

un recuerdo o el pensamiento finalista de cualquier actividad,

un deporte o una esperanza, o una puesta de sol,

o la satisfacción de haber apretado un tornillo en la pared.

 

 

En algunas ocasiones es una esperanza irracional,

la portada de un libro que vas a empezar un día de estos,

el atisbo del sol en medio de la niebla pingüinera helada,

o la inyección inverosímil de sustancias naturales

capaces de aturdir tus dudas existenciales.

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Poema 153: Enero

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El humo de la chimenea del asador

distorsiona el color del césped

que al fin debe ser verde tras la lluvia.

 

El sonido de las motos en esta atmósfera gris

tiene algo de aterrador:

los sonidos de los caballos españoles en América.

 

Pesadas cazadoras de cuero, monos impermeables,

el valor de enfrentarse al frío, las hogueras

todas las incomodidades del invierno en moto.

 

Cabalgan o alinean sus motos en comunión espiritual,

símbolo de pertenencia, comunidad,

la fraternidad del frío y el motor de explosión.

 

Una cierta irrealidad de fin de semana,

vorágine de horas sin dormir, sudor, frío y alcohol,

la masa motociclista asume el poder de la muchedumbre.

 

Dioses admirados por su cabalgadura,

disfrazados de seguridad bajo sus cascos relucientes,

forman un espectáculo digno de aplauso y fotografía.

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