¿Qué sostiene el día?
La niebla potente de estos días de enero,
Pingüinos, motos, velocidad y sonido
propagado en ondas ilusorias,
un estilo de vida más salvaje,
el recuerdo en segundo plano de los ancestros.
Algunos mantienen que es la belleza,
otros que la inercia vital teñida de cobardía,
pocos se animan a opinar sobre el compromiso
de un proyecto vital holístico determinado.
El día es un cúmulo enorme de pensamientos
y obligaciones adquiridas por mor del antes y después,
nada es simple, ni tan solo bello u oscuro:
la tarea más desagradable puede cruzarse
con la luz nítida del placer o el sonido concertado.
¿Existe quizás una corriente que nos transporta?
Esa sensación de cada día que te arrastra:
“estoy muy ocupado” dices y de ahí no puedes salir,
esos compromisos convenidos con un ente superior
que imposibilitan tu alegría orgánica y natural.
Y tras todas las obligaciones de fondo,
existe, tal vez, una estructura tejida de afectos,
de odios, de disimulo o de comodidad hogareña,
un orden personal e intransferible,
el comodín que solo tú conoces y que te hace fuerte.
¿O tal vez tu cerebro crea un trampantojo vital,
difumina todas tus preguntas incómodas,
las desvía a regiones ignotas de tu entramado neuronal,
y potencia las minucias urgentes e innecesarias,
las satisfacciones a corto plazo tan ineludibles?
A veces es un poema o un verso suelto,
otras es el arte en cualquiera de sus manifestaciones,
un recuerdo o el pensamiento finalista de cualquier actividad,
un deporte o una esperanza, o una puesta de sol,
o la satisfacción de haber apretado un tornillo en la pared.
En algunas ocasiones es una esperanza irracional,
la portada de un libro que vas a empezar un día de estos,
el atisbo del sol en medio de la niebla pingüinera helada,
o la inyección inverosímil de sustancias naturales
capaces de aturdir tus dudas existenciales.


