Poema 97: Oficio de poeta

       Oficio de poeta

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El calor de la lumbre de un poeta

está en la llamada de un espacio en blanco,

en la voz dubitativa, en la imagen

que aparece en un limbo mental.


Ahí reside su alegría, su esperanza,

¿cómo se pesa el cariño?

¿cuál es la idea que quedará en el lector?

¿puede un escritor aficionado llamarse poeta?


El calor está en la mirada,

en el árbol decadente iluminado por el sol,

en unas hojas volanderas multicolores,

en un encuadre que nadie más puede ver.


Ahí reside el secreto iniciático,

en una combinación ilegal de palabras,

en el traspaso de los límites cotidianos

o en la huida de los lugares comunes tan nefastos.


El calor está en la necesidad creativa,

forja sin ideas preconcebidas,

o germen impúdico, dinámico

transformado y alabeado en cada instante.


Ahí reside la gracia, la metacognición,

el instante de desánimo convertido en poesía,

la lucha constante de la mirada, la ética

la lógica y el estado de ánimo tan tenue.


El calor está en algunos mágicos instantes,

en la chispa que prende con fiereza

y ya no es posible renunciar a ella,

en la capacidad aprendida de moldear un verso.

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