Otoño en Oporto
El humo de la castañera de Sao Bento
se confunde con la niebla y la llovizna,
tráfico absurdo por entre las estatuas,
una multitud aguarda en la cola de Lello.
Libros, bicicletas y suspensorios,
azulejos para ilustrar al pueblo,
un mercado cerrado que parece un cementerio,
todo sorprende en la bocana del Duero.
Una voz maravillosa acompaña al órgano en la Sé,
el sonido vocálico nasal me resulta erótico,
como las uñas rojas perfectas de la dependienta
del centro comercial llegado del futuro.
Los nombres de las calles adoquinadas
están llenos de prohombres, clérigos, escritores,
alcaldes, políticos y santos.
¿Dónde están las mujeres?
En el faro rayado de colores, unos pescadores
flirtean con turistas de impolutos pantalones blancos;
la suciedad se desvanece con la lluvia,
solo el verde de la bajamar permanece.
Apenas quedan unas hojas amarillas,
y el hueco vital de miles de turistas,
el fantasma de los vinos en el puerto
y la luz mortecina del puente en la niebla.
