Poema 611: Eclipse

Eclipse

No había previsto el acontecimiento,

pedaleaba despistado saliendo de la ciudad.

En un semáforo me detuve a mirar el móvil:

a las once treinta uno la científica whatsapeó:

–…estoy viendo el eclipse, ya ha comenzado…–

Me senté en un banco sabiendo que no podía mirar;

nubes, el filtro magnífico, –y fugaz–.

La primera fotografía fue una maravilla;

corrían veloces las nubes, había que esperar.

Coloqué una serie de cuatro instantáneas en Instagram

con música de Jesucrista Superstar.

La científica recomendaba una radiografía o un filtro específico,

también habló de una piedra de obsidiana azteca.

Hubo una discusión en el grupo sobre si el vidrio volcánico

era o no apto para proteger la retina, del hijo de Tea e Hiperión.

Declinaba el eclipse, –una luna que mordiera al sol–,

un mínimo pedacito visible en estas latitudes.

Solo los colores filtrados por el sol en las nubes atmosféricas

denotaban el abandono astral, la luz inusual,

un coro de pájaros revueltos, la expectación mundial

y el ínfimo poder del ser más poderoso de la humanidad.

Poema 33: El eclipse verde

                El eclipse verdeIMG_20150320_095146

El eclipse verde nos miraba hambriento,

pavor solar ante el apetito desmesurado

de la luna, hordas de miradas, temor

genético a la luz filtrada, a la oscuridad diurna.


Clichés, lugares comunes, un perro que aúlla

en la luz menguante, miedo de las criaturas,

atmósfera y gravedad perturbadas, dolor

premonitorio de cabeza, sensor orbis terrae.


Uno contempla el eclipse en verde, sintiéndose

afortunado y mínimo; ancla sus ojos a esa luz

rebosante y mortecina, luz fugada, luz de sombras

lunares, epíteto complejo de órbitas entrelazadas.


En la mirada sorprendida de un niño,

la luz es una excusa de un dibujo animado,

demasiado lento en su avance, excitación

ante la imposibilidad adulta de una explicación.


Imaginación libre, de predicadores harapientos,

capuchas protectoras de tela áspera,

hambruna y fin del mundo, un ágape

espiritual, dominio y prédica del bardo ciego.


En las cuencas vacías de los ojos se acumula

el miedo cerval, la sucesión de injusticias

terrenales, el hábito y el báculo otorgan

poderes taumatúrgicos a la palabra volandera.


El eclipse derrota a la forma perfecta,

el círculo sin aristas vencido por la masa

ochenta y una veces menor, asombro

en ojos diminutos, alegría del astrónomo.


El juez solar no permanece impasible,

se deja anular un instante para recobrar

su cetro, su color, su señorío sobre las formas,

ya sombras de insignificancia humana.


La luz verde imposible de fotografiar,

me acompaña hoy en mi penitencia insomne

alejado del oro infinito, de voces poéticas,

pegado a la sustancia lujuriosa de la tierra.

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