Poema 575: La niebla es un estado mental

La niebla es un estado mental

La niebla es un estado mental

presupone el mes de noviembre,

un déficit de luz que encapsula

el entorno y el contorno percibidos,

quietud sonora húmeda y eléctrica

dispersión de luminarias en la bóveda

personal, ampliamente labrada.

Llega con retraso en su endemismo

en el Vallis Oletum,

perturba o emociona a los nativos,

proyecta un frío relente óseo,

establece una cierta identidad pucelana.

Conducir bajo la música de Malher,

–quizás la Canción de la Tierra con barítono–,

inyecta el paisaje difuso en el pensamiento,

difumina la banalidad periférica

en aras de una construcción intrínseca fuerte.

La imaginación viaja en el tiempo

hacia el machismo donjuanesco de espadas,

capas, bravuconerías hueras,

la banalidad rimada de la existencia viril,

un mundo ya indeseado por mi mirada,

cénit de la desigualdad entre mujeres y hombres,

esencia del arcaísmo patriarcal.

El otoño se ha vestido de noviembre

en recuerdos trenzados con jirones de niebla.

Poema 471: Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio

Don Juan es un lugar común desde Mozart a Zorrilla,

música cantada y dicción rimada,

la banalidad del mal literaria,

una actividad cíclica en el día de las ánimas.

En esta ciudad aparece sin falta

cuando el otoño, de noviembre se disfraza,

viento fresco, desapacible lluvia,

otros años persistente bruma.

Zorrilla aquí reina a sus anchas:

teatro, paseo, plaza, estadio, estatua,

incluso una casa natal recreada.

El zoom cinematográfico enfoca la escena,

carnaval, la cabeza afeitada,

el jolgorio de una ciudad licenciosa

llenas las calles de espadas y campanas.

Don Juan ejerce su violencia exaltada,

un actor intenso de buen porte y fachada,

enfrenta, exaspera, apuesta y gana;

enamora y besa y a veces dispara.

Nada puede el honor, ni la amistad trabada,

nada la familia ni la sangre amada

ante la violencia y la maldad desatada.

Doña Inés carece de entidad y de armas,

protegida y engañada:

–¡Qué pava!–, dice mi vecina cercana.

No hay feminismo en Zorrilla, solo violencia arcana.

La obra ha sido levemente actualizada:

una guitarra, un coro de risa alborozada,

una voz, un filtro, una pantalla,

el intenso drama con piadosa compaña.

Me maravillo de la emoción suscitada

en la excelsa escena final ansiada:

Inés petrificada llena de fuerza y gracia

domina al averno con su palabra.