
Los pájaros muertos
El primero lo encontré al pie de la terraza lectora;
habían desaparecido la dueña y la butaca,
todo el invierno aguantando el hielo
con la rebeca en las rodillas.
Será un mal augurio, un pájaro muerto.
Moriría por un golpe de calor
o por la gripe de los pájaros.
El segundo lo vi desde la bicicleta;
parecía un disparo,
el pecho abierto y la sangre coagulada.
Me invadió una pena extraña:
de surcar el cielo con planeo elegante
a yacer sin vida en el suelo gris.
Los siguientes que vi ya no tenían razón de ser,
demasiados, diseminados aquí y allá
en calles céntricas o en parques concurridos,
ajenos a la mirada de los transeúntes.
Pensé en la guerra lejana o en una epidemia,
en el equilibrio de las especies,
en insecticidas o herbicidas mortíferos.
Solo até cabos cuando la luz sepia de media mañana
se instaló como una losa sobre la ciudad.
