
Las heridas
El instrumento le hería en cada concierto,
no sabía tocarlo de otra manera.
Ella le lamía las heridas con mucho cariño
cada noche,
el ritual les llevaba a otro trance más allá de la música.
La cara interna de ambas rodillas
y la marca horizontal en el pecho;
el chelo Stradivarius era así: doloroso y exigente.
Mientras tocaba apenas sentía dolor,
no más que el de la segunda viola en los pies
calzados con tacones de aguja finísima,
o las yemas de la arpista desgastados por la cuerda.
El dolor comenzaba en el descenso del fervor,
cuando los aplausos decrecían súbito;
entonces solo el consuelo futuro de la saliva amorosa
calmaba las terminaciones nerviosas en carne viva.
El fulgor anticipaba el dolor y éste el sexo de su amada.
A veces imaginaba como repararía sus labios resecos
el trombonista.
Ese era el filo tan hermoso de la vida.
