El ocaso púrpura
El ocaso púrpura, doliente,
solo para ojos aguerridos,
te recibe bárbaro, símbolo
de otros tiempos enfangados
en que mirar al cielo era imposible.
Decenas de burbujas presiden tus recuerdos
en este pequeño espacio,
en el oasis de tu juventud feraz,
nostalgia, felicidad, melancolía,
nombres que aún ignorabas.
Los adobes centenarios, barro
descolorido y desconchado,
fealdad y dejadez en algunas tapias,
te reciben cuando vuelves de tu ruta
ciclista y dejan tu estética en suspenso.
Amistad y deporte, y siempre
el refugio inestimable de la familia,
la paz del caserón heredado,
reconstruido, lleno de alegría y color,
dan vida a tus difusas rememoraciones.
Un verano fue Crimen y Castigo,
otro el Kaspar Hauser de Hesse,
las Elgías de Duíno
o el antiquísimo ejemplar de La Galatea
en horas sustraídas al sueño o a la fiesta.
El cielo encierra toda la belleza,
al fin levantas la cabeza orgulloso
miras con toda la emoción posible
el desgarro de un ocaso desde la atalaya
de la construcción mental de ti mismo.
