En un patio de Córdoba, un mirlo
busca gusanos mientras leo El cielo de Lima
En un patio de Córdoba huele a jazmín,
el aire es fresco, Medina Azahara a lo lejos,
reverbera en la falda de la sierra.
Las piedras señalan el camino de los embajadores,
un centro de poder califal, suntuosidad,
la elegancia arquitectónica de los arcos
mezcla de piedra y ladrillo, apenas sustentados.
Aún no he visto la mezquita.
En las calles estrechas, descendentes, asoman
otros patios repletos de flores. Judería
hordas de turistas como yo, rincones
espléndidos, la estética de paso desde una terraza
convertida en restaurante magnífico.
En el patio de los naranjos hace un frescor
divino, fuentes que murmuran sobre el murmullo
de los visitantes, luz blanca y limpia,
lugar de culto y de encuentro.
En un patio de Córdoba escribo unas pocas líneas,
imagino el poder del califa, las hermosas mujeres
de su serrallo, leo El collar de la paloma,
veo a la hermosa Wallada culta y deslenguada,
sostener la mirada de Ibn Zaydún, ofrecer
su presencia como un regalo indescriptible,
recitar uno de sus poemas con voz sensual,
escribir palabras de amor en una tarde de abril.
En un patio de Córdoba, recién duchado,
siento la belleza de las flores sobre el muro blanco.








