La primavera es un perrito vestido
La primavera es un perrito vestido
acariciado por su dueña en una terraza,
el anciano que encorvado arrastra los pies
en un paso de cebra, bien abrigado pese al calor.
Es una imagen de niñez, una tarde soleada
perdido en un cúmulo de bodegas horadadas,
desorientación y transgresión, búsqueda
y la alegría infinita de varios adultos al encontrarte.
La primavera es un vestido que ondea,
unas caderas que perturban el aire,
cuerpos que se destapan, cuellos esbeltos
que florecen, aún níveos, no besados.
Son lágrimas de emoción, lluvia en un mar
impostado, sueños de un barco blanco y elíptico,
un poema en monólogo abrasador,
la mirada que levita un instante y fija y memoriza.
La primavera son las palomitas blancas
en los almendros florecidos, el olor intenso
de una planta en la verticalidad del sol,
la invitación de la piel al roce sensual de la luz.
Es el cielo invidente vestido de azul,
un azar de ojos coincidentes en brillo,
la verde pelusa imaginada en un campo,
el quehacer desesperado de una cigüeña.
La primavera es un beso volátil desdibujado,
un encuentro simétrico en horas prohibidas,
una mirada triste de dulce despedida,
un crepúsculo rojo de inmenso esplendor.
