Sustancia poética
El poema que uno lee es ineludible unas veces
a la sustancia y consideración del autor,
otras a las dudas escondidas en recovecos
inescrutables de nuestro cerebro tan imperfecto.
Una luz de mañana me transporta al lecho
en el que se intuye la tragedia futura:
el amor furioso que uno imagina en la noche,
captado por el pincel de Henri Gervex.
Rolla dirige su última mirada a su amante,
alter ego de su amor imposible Marie:
uno puede contemplar la historia, ignorante
del poema de Musset, de la ruina y la muerte contiguas.
Blancas sábanas, cuerpo blanco y lampiño,
cálido amanecer bajo dosel recargado,
toda la fuerza desnuda, la carne, la noche,
la juventud gozada hasta el último instante.
No hay juego de miradas, eso lo anula
la prostitución subyacente, el lujo romántico
terminará con un veneno y una muerte
en la apoteosis posible de este brillo decadente.
El poeta se sube a la escena y la interioriza,
valora conceptos y posibilidades, sin caer en tópicos
absurdos, en voces escuchadas cientos de veces,
mas capitula ante el peso de la muerte.
Algo reacciona sin embargo en su mente,
la nube de amor o el deseo concupiscente,
su propia experiencia de comunión profunda:
ahora una sonrisa aflora en su rostro tras la coda.