El profesor desgrana símbolos aquí y allá,
un vector, una curva ininteligible,
un verso suelto o el inicio de una canción.
En medio del caos, unos ojos interrogan,
él se sienta treinta años atrás en un pupitre verde,
contempla el vuelo torpe de un avión de papel.
Lejos, a una curva sinuidal de distancia,
escucha el rumor leve de la comprensión leve,
sumisión sin orden, desparpajo, gracia y tiniebla.
La imagen segura y firme que proyecta
contrasta con sus dudas y vértices apocalípticos,
paisajes en oleadas cromáticas, sincretismo.
Una voz abúlica, consigue abrirse hueco entre sonrisas,
modelo de trato irreverente, espejo de fama,
un nicho local del que apenas puede salir a pasear.
La luz del sol respeta su aura apolínea, su versatilidad,
flor y universo, concepto dinámico, sutil estrella,
pieza sobre pieza desgrana mecanismos masones.
La mente del profesor regresa al origen de coordenadas,
desordena el puzle gnómico, atrapa ideas,
fluye su mano verde sobre la pizarra verde.
La técnica reorienta su improvisación,
modula tendencias, captura el vuelo imaginario
de una luciérnaga cegada por el sol.
Apenas la luz abstracta ilumina neuronas,
un día tras otro acumula sedimentos, crece,
magnetiza el espacio de forma sutil.
Una sonrisa franca años después ilumina
su rostro, leve recuerdo del olvido selecto,
limusina de gloria entre números dorados.

