Los mástiles han abandonado sus banderas,
el viento del otoño deja alfombras de hojas,
paseo solo por un paisaje urbano deforme.
Nadie hace las preguntas importantes,
el paso veloz y voraz del otoño, medido
en la declinación de la luz en tu rostro.
La consciencia difusa, la voz madura incisa,
el cansancio lacerante, frente a esa suma de imágenes
que atesoras en tu vientre: niños, manos, risas.
Los muertos asoman a veces en medio de la belleza,
aún conservo su voz, sus gestos, sus temores,
la risa o el llanto, o el enfado, o el optimismo de un día.
Voy a ser un hombre muy triste, cargado
de conocimiento y poesía que nadie lee, quizás
aún tenga la esperanza de seguirme riendo de mi mismo.
Ciertos días aprecias el agua caliente de la ducha,
sucedáneo de las caricias que no recibes,
te instalas bajo el agua mientras limpias toda tu mente.
La suma de tus días te hace olvidar quién fuiste,
la desilusión de ciertos instantes, el fervor
insospechado de cada nuevo proyecto.
En este instante estás siendo arrastrado
por tu propio vórtice vital, cola de cometa,
sombra desgajada de ti en un descuido de la edad.
Tendrás otra vida, otras vidas, otros renaceres,
volverás a sentir la emoción de un volcán,
la plenitud de un verso perfecto bajo la luz del amanecer.

