Poema 588: Roscones

Roscones

Huele a masa de pan fermentando,

al horno que nos proporciona esa maravilla,

recetas ancestrales de trigos varios, de levaduras,

de mezclas patrimonio de la humanidad.

Las pilas de roscones artesanos son un espectáculo,

también el proceso para conseguirlos es prolijo:

Zahara distribuye con esmero según su cuaderno,

siempre amable, tranquila, armoniosa.

Amasen tiene clientes fieles de toda la ciudad,

gourmets del pan, eruditos del tritordeum,

del centeno, de la espelta, del trigo duro,

también vecinos asiduos que perciben la calidez.

Decenas de roscones se ramifican por los hogares,

sabor, familia, amistad, festejo,

compartir e intercambiar ideas y opiniones,

una terapia que siempre funcionó por estos lares.

El tesoro en mis manos es mullido y colorido,

me entra hambre y dan ganas de romper el círculo

antes del tiempo establecido, de los ritos,

de los regalos, del milagroso fin de fiesta oferente.

Poema 567: No hay una línea clara

No hay una línea clara

No hay una línea clara,

existen tendencias que me disgustan.

Aquí o allá discute el iletrado

con el físico nuclear,

e inevitablemente ese es el desarrollo

el progreso humano histórico.

Utopía de la razón,

la infradotación se expande,

coloniza cualquier tierra baldía.

Indecisión del sabio, inacción, palabras,

el mundo real no te necesita.

Hubo un tumulto, error, violencia.

Supeditas la belleza al sufrimiento,

la búsqueda de un horizonte significativo,

caminos que se trazan sobre los mapas.

Déjate engullir por la corriente,

no hay iluminación ni propósito.

Asúmete como peón minúsculo

con buena suerte en el azar vital.

La línea se redirige continuamente,

dinámica, firme y arrolladora.

Poema 545: Ocaso de masas

Ocaso de masas

El espectáculo del ocaso en la Arnía

es de contemplación masiva,

ociosos vacacionales lo incorporan

a sus rutinas diarias gratuitas.

Es una obra de teatro con final previsible:

aplausos ascendentes fluyen desde la playa

hasta los encaramados en riscos y laderas.

No hay dos puestas de sol iguales,

un barco que atraviesa el horizonte,

la gaviota que planea perfilándose en lontananza,

unas nubes que se autoinvitaron a la fiesta.

Hay murmullos y comentarios fugaces,

una sensación de paz ante el deceso del día,

el final de este calor playero y estival.

Una señora de espaldas al sol parlotea sin cesar,

ajena al trance comunal de quienes lo contemplan,

capaz de escucharse sola a sí misma,

la diversidad humana opuesta a la norma.

Tras los aplausos se disuelve el gentío,

apenas un grupo minúsculo de ascéticos

persevera en la tasación de la hermosura:

el cielo y el mar se confunden en el oriente,

los colores pastel susurran una armonía

indigna de la gran masa devota del astro sol.

La comunión solar ha sido consumada.