Poema 400: Se nos mueren los ídolos

Se nos mueren los ídolos

Murieron Batiatto y un señor

que se llamaba Leonard,

y las letras dejaron de tener sentido.

Cuántas veces pensé que Lorca

habría sentido escalofríos de placer

al escuchar el pequeño vals vienés

con voz ronca y afinada.

Se fue Javier Marías sin darse apenas cuenta,

¿o fui yo quien lo consideraba inmortal todavía?

Y la reina de reinas, la longeva,

y con ella la autoridad palaciega.

Godard los sobrevivió unos días

espléndidos del mes de septiembre.

Compré sus casettes casi sin dinero,

escuché que el hijo era distinto del padre,

me desperté en primavera

y supe de la estación de los amores.

Descubrí presunta información en los rostros

como los miraba Jacobo Deza.

No me olvido de Almudena, ni de Joan,

ni de Brines.

Es el fin de un ciclo vital, cultural,

de voces y plumas elegidas;

quizás siempre fue así y solo la edad (mi edad)

se mezcla de nostalgia y luto.

Quedan las obras y quedan los vivos,

y el prodigio democrático de tantas redes

capaces de difundir pequeñas maravillas.

Nos han dejado ideas, hilos, música,

vértices sobre los que tender cabos y búsquedas,

la sensación de que nos adentramos en la senectud

y una cierta orfandad estética y de pensamiento.

Poema 399: God Save The Queen

God Save The Queen

El roce mediático convierte en lugar común

cada acontecimiento extraordinario,

rebaja el sentido auténtico, lo envilece,

la fiesta la organiza el menos capacitado.

Poder judicial, aceleradores de partículas

o agujeros negros,

todo está al alcance de un comentarista:

bastan unas páginas leídas en diagonal

tras una búsqueda de pocas palabras.

La serie de Netflix está a un click del mando,

lo que dice el guion es una verdad histórica

mucho más importante que un tratado

o el análisis sesudo de un historiador.

Las anécdotas suplen a los severos aconteceres,

un opinador profesional cobra por picos de audiencia,

levanta polvaredas en connivencia con un homólogo,

descalifica o alaba según pacto previo.

El circo mediático es de gran belleza visual,

imágenes icónicas, tres cuartos de siglo

desfilan en todas las pantallas

nadie quiere perder la instantánea de Buckingham Palace:

yo estuve allí en ese acontecimiento.

La fantasía y los privilegios familiares

hacen comulgar a las mentes más gregarias,

despiertan la imaginación y los sueños o deseos

administrados con astucia por el poder establecido.

La reina ha muerto, cuándo o cómo

es objeto de especulación mediático-popular,

el baile del lujo y el boato acaba de comenzar:

un réquiem, un castillo, una abadía histórica,

una útil distracción para la vida cotidiana al alza.