El corrector

Aquellos días revisando pruebas de acceso

eran interminables.

Errores repetidos, comparaciones,

una búsqueda de la equidad y de una cierta justicia.

La montaña de exámenes no descendía a ojos vista,

avanzaban los minutos, las horas, el cansancio;

buscaba en las estadísticas un alivio a la concentración

un descanso autojustificable propiciado por los datos.

La experiencia minimiza errores, busca explicaciones

en las enseñanzas oblicuas de un profesorado anónimo,

en la adolescencia cargada de tentaciones

trata de vislumbrar el conocimiento y la madurez

en una prueba dirigida en la que apenas se toman decisiones.

El corrector envía sus datos parciales y otea su lugar

en ese gráfico de puntos, colores y líneas

que te centra o te condena a una marginalidad revisora.

La alegría retroalimenta el esfuerzo al encontrar la perfección:

un diez, un examen sin fisura posible, organizado y excelente,

el sueño del profesorado militante y excelso.

Durante unos días sientes una responsabilidad social,

un servicio de alta dignidad

cuando en realidad es solo la cúspide del glaciar,

la culminación de un trabajo subterráneo y constante

una suma de minúsculos aprendizajes metamorfoseadores

capaces de diseñar complejos circuitos neuronales,

la guinda del pastel educativo tras un trabajo abrumador.

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