
Conversaciones
Una conversación abre espitas olvidadas,
ideas que pasaron de largo,
pensamientos del corto plazo quizás importantes.
Sentado en el cogollo de la ciudad
llena de ruido y de pandillas en formación,
de parejas consolidadas y quizás ya marchitas,
añoro el campo, la luz del atardecer y del amanecer,
en este orden,
los descensos por un sendero serpenteante
lleno de las hojas del otoño,
el verde amarillento de la estación
o el contemplar las nubes caprichosas
tumbado y arrullado por el sonido de la cascada.
Amistades que se estiran y encogen o se difuminan,
el factor humano, cada vez menos humano,
más investigado e imitado por la inteligencia artificial,
demasiadas horas de conversación
no siempre con quien quieres, si no con quien te toca
en una aleatoriedad a veces triste,
otras veces de una alegría inesperada.
Deseo el mar, el viento y la lluvia, agua por doquier
quizás cuando eso llegue desearé estos días soleados
de un octubre que no parece otoño.
Las conversaciones son caminos que sortean lecturas,
que llenan de expectativas e hilos
los recesos del trabajo o de la paternidad comprometida.
A veces siento que no comprendo nada,
que todo pasa por delante según avanza el calendario
sin que sea capaz de fijarlo, salvo en fotografías.
El consumismo ha llegado a la memoria,
a la edad en la que todo es menos intenso
en el recuerdo que en la realidad,
sin tiempo de fabular o divinizar o idealizar,
de construir una narración propia de lo sucedido.
Y sin embargo las palabras producen resurrecciones,
revivir momentos e ideas,
desencriptar sensaciones como se resuelve una ecuación,
ese momento de gloria en que la mente al fin comprende.
