Poema 390: El Danubio


El Danubio

Los bancos que miran al Danubio

adquieren una soledad en busca de poeta

son vestigios desolados de un ideal.

El tiempo se distribuye en cuantos de belleza,

impregnados por el color verdoso de las aguas,

llenos del aprovechamiento geométrico del espacio.

La velocidad de la bicicleta es un ideal de contemplación,

un tiempo maravilloso de asentamiento de ideas,

un fluir paralelo a la corriente fluvial.

El tiempo se curva según Magris y se estira o encoge,

según la voluntad de quien pedalea,

adecuándose al vaivén de las aguas fluviales.

Puedes imaginar cérvidos perseguidos por hordas humanas,

lugares de secreto regocijo,

o amaneceres helados en invierno.

Un meandro te da la justa visión de tu insignificancia,

y la apertura del valle aguas abajo

permite fértiles cultivos  y altivas casas de campo.

Muchos son los hitos del camino:

un lago, un castillo, unas vírgenes fecundas,

un campo terrible de exterminio.

El Danubio es una forma de vida,

una imagen mental llena de recuerdos,

el exacto punto de inserción de unos días de estío.

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