Griterío en una exposición social
Entro a la sala en penumbra, sin devoción
más preocupado de usar mi cámara
que de las obras expuestas
o del texto indispensable escrito en las paredes.
No estoy preparado,
pero atisbo belleza en los fragmentos escultóricos
que enfoco.
Hay corros de “connoisseurs”, de pseudocultos,
enterados, asiduos de exposiciones;
hay una profesora jubilada que se me acerca,
que explica con tecnicismos la policromía de la madera
a mi hija de siete años;
le agradezco el gesto y continúo captando el detalle.
Corretean los niños, atentos a sus juegos,
los adultos se afanan en conversaciones,
disparo aquí y allá sin flash.
Salgo de allí con sensación de irrelevancia,
alegre, no obstante, por mis fotografías
y por el ambiente distendido en tan adusta exposición.
