Días grises del invierno 
El árbol mágico no tiene nidos,
contiene en su interior una farola;
su silueta en la niebla muestra
varias ramas amputadas,
es gris como todo bajo el espeso manto
de la diosa pucelana.
Un gato se ovilla al lado del río;
una pareja de joviales ancianos
desmigaja y esparce cuscurros de pan
ante la atenta mirada de las palomas
carroñeras y las inteligente urracas.
Las comadres más enteradas,
se aprestan a cargar con los problemas
ajenos, oralidad que ya no se frena,
el poder social de organismos desocupados,
una salida gris a la cotidianeidad.
El quiosquero feo ya no me saluda:
no compro allí el periódico, no escucho
sus comentarios misóginos, su pesimismo
flota en el aire cargado de juguetes
de escaparate desvaídos por el sol.
La fachada del ángulo inverosímil
se ha agrietado; varios coches aparcan
inmisericordes sobre el césped
reseco por la helada y las roderas,
los municipales silban mirando al sol
impotente, embobados por el rítmico
taconeo de una madre joven.
Hay días en que la mirada poética
se regenera en la feladad mecánica,
verbaliza flujos catárticos de miseria,
se apresta al contraste de la luz,
del ciclo hormonal que redime e inspira.
