La casa de Marinejo aún sigue en pie,
los canchales reptan montaña abajo,
una fuente cantarina decora el paisaje,
no hay silencio, ni inmunidad en el camino.
En el silencio de las cumbres, revolotean
los saltamontes azules y las ideas;
reverbera la luz en las piedras,
una chicharra hace vibrar la senda polvorienta.
La conciencia de decenas de generaciones
resiste en el empedrado de la senda,
trabajo comunal, descomunal, siglos,
bullicio, la falda colonizada con orden humano.
Un lance de sangre, una traición, un cuchillo,
ella espera imapaciente mirando la luna,
observa la hoz en la pared y el frío azul,
todo el deseo agolpado en su hermosa sien.
Lavará la sangre de las manos y la herida
sin apenas una palabra, lágrimas de alegría,
la justicia de la montaña esta vez le fue propicia,
carne sobre carne en la noche sofocante.

