El mundo es un cruel trasunto de sí mismo
El mundo es un cruel trasunto de sí mismo:
el horizonte dorado o de un rojizo intensísimo,
bajo el cual llora un niño la injusticia de sus padres,
un animal busca su madriguera en el calor,
el deprimido ahoga sus horas en lágrimas.
El calor acentúa los verbos en la línea del cielo,
amalgama miserias, las funde en una pieza
irreconocible para el forense, un árbol
plagado de hormigas, infestado en agonía
de años, en podredumbre de materia.
La deriva de tejados con aguas desordenadas,
oculta toda la perversión humana posible,
inteligencia animal, íncubos de incógnito,
tiranía del débil con los aún más débiles,
ausencia de luz, látigos de fuego, maldad intrínseca.
Las viviendas uniformizadas escupen brillo,
desmotivan a los sin techo, escarmiento
de inmigrantes escaladores, sometimiento
de voluntades mal pagadas ante un cuadro
exógeno, obra de arte fraudulenta en un museo.
El exégeta está de vacaciones, lee un ciego
en las miasmas de un lago suburbano,
desvencija voluntades el portavoz público,
entre dos eruditos se comen un besugo a la sal,
es un apocalipsis en las horas del olvido y del sueño.
La ciudad refulge, en sus bancos de granito
duermen héroes entre churretones de grasa,
cabe miles de flores se pasea una escultura
llagada y doliente escoltada por conos de raso;
un comedor de pipas acelera su ritmo frenético.
Hordas de jubilados arreglan verbalmente
la suciedad social, el horrísono crujir
de las articulaciones desdentadas, valor, bondad,
escalpelo de corte arbitrario, banal y felón:
votarán con la ilusión del mendigo hambriento.
El mundo se busca a sí mismo y se encuentra cada día:
verbigracia, la sonrisa de la Gioconda rediviva
o el vuelo de un ángel andrógino en un spot,
desenmascaran muecas y deseo, el anverso
humano del horror y la banalidad crujiente de un beso.
