Amaneció lejos del poblado, aún encolerizado;
de un tiro certero con su honda, en la que cargó
toda la rabia que llevaba encima, destripó un pájaro
enorme al que churruscó como desayuno.
Todo en él era actividad febril, músculos tensos,
algunos bufidos de animal rabioso; control,
sabía respirar, dejar que el vacío le poseyera poco a poco
mas en unos instantes una fuerza interna primitiva
volvía a posesionarse de él. Disparó varias flechas
innecesarias, hasta que rompió el arco.
Ella lo había exasperado, no entendía muy bien cómo, ni por qué,
era algo que debía estar dentro de su naturaleza de hombre simple,
un hueco en su cabeza más allá de la caza y del sexo.
Quizás tuviera que ver con la supervivencia, una herencia
desconocida pero no inútil; algo le decía que no se le pasaría
hasta que se enfrentara a su cuerpo con un abrazo rabioso.
Volvió ceñudo, a grandes zancadas; ella al verlo venir así,
supo lo que tenía que hacer: primero se mostró públicamente sumisa,
después en el interior de su cabaña lo recibió con su cuerpo
amoldándose a las embestidas furiosas, acunándole el alma.
Ella lo mordió y lo arañó, disfrutó del placer único de su furia
durante horas, aplacó con todo su cuerpo la cólera acumulada,
la fuerza desatada del macho dominante y primigenio.
Sólo su propia sangre y un agotamiento supino lograron calmarlo.
Aún tenía fuego en los ojos, pero también un brillo de satisfacción
en la sonrisa esbozada al enfrentar su mirada con la de ella;
sus cuerpos tardarían días en recuperarse de aquella batalla sexual.

