Cada día es un espectáculo diferente,
una emulsión de color, de brisa, de lluvia,
una oleada de emociones verticales,
divinidad humana, excelencia, vida.
Cada día, – cómputo gregoriano, cadena
de segundos que se desangran -,
es la suma perfecta de instantes de íntima
alegría, la resta de valles de cansancio pesimista.
Cada día tiene su propia sustancia y no se repite,
emblema blasonado, diáspora de ideas,
un punto luminoso en un inesperado escorzo,
una lágrima desgajada de la emoción madre.
Cada día me obliga a situar una cifra en el color
violeta del noveno mes romano, setas,
la pluralidad multiforme del bosque habitado,
botas fuertes sobre las ramas crujientes.
Cada día alzo el cuello hacia el viento frío de
la madrugada para aprehender por los sentidos
los restos de la luz nocturna, los sonidos urbanos,
la olfativa podredumbre de hojas, ramas y rocíos.

